Lucía Gómez: Hablar de ellos es hablar de nosotros

fotografía de José Castro

Precedentes

El 23 de mayo de 1939, Lucas García Castillo, mi bisabuelo, fue fusilado en las Caleras en el término de Talarrubias, Badajoz. 

Su ausencia lleva acompañándome desde que empecé a entender su historia y los “Ay, mi padre” de mi abuela. Por eso, desde hace años, he querido recuperar su historia y poner en valor su memoria a través de los proyectos artísticos que he ido desarrollando en la carrera.

Los primeros trabajos que realicé estaban única y exclusivamente dedicados a él.  23 de mayo fue un diario hecho a mano recopilando toda la información sobre su vida y desaparición. Quise materializar su memoria en un objeto, escribir su historia silenciada y guardar sus recuerdos; desde lo más común hasta la documentación aportada por la ARMH y hojas en blanco como símbolo de esperanza por si en un futuro pudiéramos acabar con su ausencia.

Pinto fosas para que así no se olviden , fue el proyecto que me abrió la puerta al colectivo. Quise conocer la historia de las personas que están en su misma situación. Dirigí este, a las fosas localizadas en el cementerio del Guadalajara y realicé cuadros de las flores que me encontré en su superficie. Fue aquí donde nació mi fijación por utilizarlas como un elemento representativo en toda esta lucha, atendiendo a la ausencia de tumba, por lo tanto ausencia de honra. Se conformó como una instalación y debajo de cada cuadro habría pétalos con los nombres de las víctimas.

Con este último trabajo comprendí que pertenezco a un colectivo y que la ausencia provoca comunidad. 

En nuestra familia nos encontramos con otro problema a parte de su desaparición: la no-ubicación, la fosa de mi familiar no está marcada en el mapa. Este proyecto se iba a enfocar únicamente hacia él, quería viajar a Talarrubias, su lugar de origen e intentar encontrar un resquicio de su historia y materializarla a través de mi obra artística. Debido a la situación y las restricciones entre comunidades por el COVID-19, acepté que tenía que adaptar el proyecto a las circunstancias. 

Por ello este trabajo surgió de la búsqueda de otras similares para hallar un lugar común pero no propio, donde llorar y honrar su memoria. Mi proyecto trata de lo colectivo, por que entre los similares a mi familiar y a mis circunstancias encuentro el consuelo que se necesita en estas situaciones. Me volví a poner en contacto con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica para encontrar una fosa lo más cerca de Madrid y estos me dirigieron a las localizadas en Manzanares, Ciudad Real. He trabajado con las 288 víctimas que se encuentran en las dos fosas, tratándoles como algo personal, porque ¿Y si estuviera mi bisabuelo allí? Compartimos la misma lucha en la que todos y todas sufrimos sus ausencias. 

El por qué de este trabajo se debe a varias causas, existe una problemática muy compleja que lleva enquistada muchos años y aun despierta recelos y suspicacias en nuestra sociedad. Creo que ante la escasez de justicia lo mínimo que se merecen es atención. 

Es un intento de mejorar, desde la creación artística, la sociedad en la que vivimos, defendiendo un arte comprometido, arriesgado y cargado de argumentos para hacer al espectador reflexionar, volver la vista al pasado para recordar, rememorar y de algún modo recuperar esa parte de la historia que se ha ido diluyendo por el olvido impuesto. 

El último motivo es que me siendo en deuda con la ausencia de mi familiar y con la espera interminable de mi abuela. Lo he hecho para paliar el dolor que esta última ha tenido que sobrellevar sola, por empatía, para acompañarla y participar en su duelo. 

Proceso de creación

El 16 de marzo pude acercarme y conocer a familiares de desaparecidos cómo Pedro y Pilar, quienes me explicaron lo ocurrido y me señalaron las fosas. 

Las personas no católicas no podían estar en campo santo por eso sus cuerpos se encontraban justo fuera del cementerio, pero con la ampliación de este, el muro se trasladó dejando su ubicación dentro. Quise salir del cementerio y ver el muro desde fuera para conocer la última imagen que las víctimas pudieron ver y me encontré con un sembrado verde precioso, pero ninguna flor. 

Siempre he tenido muy presente la impotencia de mi abuela de no poder llevar unas flores a su padre y fue en ese momento en el que nació la idea. Las 288 personas merecían una flor que les honrase y mantuvieran su recuerdo.

Hablar de ellos es hablar de nosotros es un proyecto artístico dedicado a las víctimas que continuan en fosas comunes en España. Su formalización consta de la “manta de flores” en la que se apela a las víctimas a través de sus nombres como única pertenencia y las flores como elementos activadores de la memoria, juntos representan el gesto interrumpido de llevarles flores a nuestros difuntos.

Está formada por 288 retales con los nombres estampados junto a una flor natural, recubierta de tul y cosido a máquina. 

En la parte derecha inferior se encontraría unido por medio de hilos, un bastidor de 18cm de diámetros con la imagen serigrafiada de Lucas Garcia Castillo, mi bisabuelo.

Como he mencionado antes, el proyecto no solo se centra en volver a hacer presente el conflicto, sino que también se quiere reivindicar la doble ausencia que sufre mi abuela: su desaparición y no poder señalar un punto en el mapa. 

 La ubicación de las 288 personas ha quedado materializada como video proyectado, en el que se ve el muro y el lugar donde un día estas personas perdieron la vida, reiterando a su vez un suceso que se repitió por  todo el territorio español y sufrido igualmente por mi antepasado. 

 He introducido mi no-ubicación, a través de la única imagen que conservamos de mi bisabuelo, estampada serigráficamente en tela y recogido en un bastidor. Este estaría dispuesto al margen de la “manta de flores”, apartado teniendo una lectura totalmente distinta. 

Conectado con hilos a sus similares pero separado por sus diferencias.

A parte de la anécdota del sembrado sin flores que fue la semilla de todo el trabajo, el proceso ha sido lo más importante personalmente. 

Ahora lo veo con perspectiva, pero he estado un mes y medio cosiendo, recogiendo flores, secándolas y colocando letra a letra los nombres de las 288 víctimas. 

Era como un ritual, recortaba la tela, recortaba el tul, estampaba el nombre y elegía la flor. Después con la máquina sellaba los 4 bordes, recortaba lo sobrante y listo. 

Se me hacia repetitivo, no lo voy a negar, pero al mismo tiempo leía sus nombres recogidos en una lista en orden alfabético, hermanos, padres, primos… eso ha sido lo que más me ha marcado. Todos hombres, ninguna mujer. Un gran abanico de edades y de profesiones… 

Es muy triste, ha sido un proceso que cuando ya controlaba lo mecanicé y muchas veces se me olvidaba lo que estaba haciendo y me desesperaba por querer terminar. Por culpa de las fechas de entrega y de mi propia exigencia me olvidaba y en varios momentos no pensaba lo que hacía. Pero al acabarlo fui consciente, que a mis pies, colocados estaban sus nombres y sus historias. Que uno de esos podría ser mi bisabuelo y se merecen mucho más que unas flores. 

 ¿Quién les iba a decir que después de 80 años una chica iba a honrarles con una humilde flor? 

Nunca tendré respuesta pero sus familiares me lo han agradecido como si fueran ellos mismos. El 27 de mayo pude ir a la exhumación. Las caras, los lloros y las miradas de agradecimiento no se borrarán de mi memoria. La acogida en redes, cientos de personas dedicando unos minutos de su vida y sus palabras a mi trabajo, ha sido increíble y me ha hecho comprender que no estoy sola. Que no hace falta tener un desaparecido para comprenderlo. No es que seamos unos pocos, no es que no hagamos ruido, es que no quieren que se nos oiga. 

Por supuesto, tuve mis primeros haters, echándome en cara que por qué no había dedicado mi atención a los fusilados en Paracuellos. No entendieron nada de mi trabajo. No pretendo confrontar, sino hacer una llamada de atención a un problema que nuestra sociedad ha olvidado. Y así estamos, blanqueando del fascismo y permitiendo actitudes y discursos sin empatía que lo único que hacen es avivar más la llama, distanciar más a los dos famosos bandos y odiar al resto por pensar distinto. 

Creo que el arte se tiene que encargar precisamente de ayudar a estas luchas, en la parte teórica del TFG he tenido que investigar sobre mis precedentes y puedo confirmar que aún existe la necesidad en el arte de tratar estos temas, que parece que molesta hacer obra sobre la memoria, pero realmente cuando después preguntas sobre una obra conmemorativa hacia las víctimas, algún espabilado contesta: el Guernica. Hay mucho más: Fragmentos de Doris Salcedo (por decir una pero cualquiera de sus obras trata la memoria y la víctima), El mirador de la memoria de Francisco Cedenilla, Oscura es la habitación donde dormimos de Francesc Torres, La luz se propaga en el vacío de Paula Rubio Infante… 

De ellxs he heredado la responsabilidad como artista de preocuparme por este tipo de cuestiones y el panorama político actual es idóneo para argumentar que todavía no se han superado estos problemas, siguen habiendo rencores y las heridas continuan abiertas.

He heredado y aprendido a apoyarme en lo colectivo para que mi historia personal resuene y hacer que sus voces en vez de ser susurros pasen a ser gritos que confirmen su existencia. 

Para terminar decir que con este trabajo por fin he convivido con historias similares, he podido entablar conversaciones y expresar lo que llevo años sintiendo sola. Estaré eternamente agradecida a todas las familiares del Manzanares y a la ARMH por valorarme, darle visibilidad al trabajo y por del cariño desde el primer momento. 

Mi bisabuelo se llamaba Lucas García Castillo, soy bisnieta de un desaparecido. 

No sabían que lo que enterraban eran semillas.

*vídeo de la instalación aquí

Lucía Gómez (Madrid, 1999) licenciada en 2021 en Bellas Artes por la universidad Complutense de Madrid. Colabora en el Museo Pedagógico de Arte Infantil en la misma universidad, cuyo proyecto “Yo x ti, Tú x mi” ganó el premio al compromiso universitario UCM. También ha participado en el proyecto de Aprendizaje y Servicios “Sin Perfil” junto a la asociación San Martin de Porres. La obra de Lucía gira en torno a la recuperación de la memoria centrada en La Guerra Civil española y posguerra. 

María Martínez Bautista y Antonia Pozzi: traducir para beber de la misma agua

Antonia Pozzi, Mayo, 1937. Fuente: Centro Internazionale Insubrico “Carlo Cattaneo” e “Giulio Preti”

Este libro empezó en Florencia. En una librería cerca de Santa María Novella, en el verano de 2018, decidí que debería regresar a Madrid con la obra completa de Antonia Pozzi. Compré Parole. Tutte le poesie, un volumen con edición de Graziella Bernabò y Onorina Dino, y publicado por el sello Àncora; y casi en ese mismo momento decidí también que aquello no bastaba, que además debía traducir algunos de esos poemas. Había un poder extraño en ellos, un magnetismo limpio y ajeno a las trampas frecuentes del artificio poético. Leer a Antonia Pozzi se parecía mucho a beber agua de una fuente clara.  Y yo quería, porque así son las obsesiones, que todo el mundo tuviera la ocasión de beber aquella misma agua. 

La obra completa de Antonia Pozzi (Milán, 1912-1938) está compuesta por unos trescientos poemas, que no fueron reunidos en ningún libro durante la vida de la autora. Son textos que se hallaron después de su muerte, en sus cuadernos, como una herencia inmaterial de la que el mundo no era todavía consciente. Aquella joven de la alta sociedad milanesa, estudiante lúcida y apasionada, alpinista en los picos de la Italia del norte, había sido también una poeta formidable, profunda y melancólica, originalísima. 

¿Qué poemas escoger para presentarla a los lectores españoles? ¿Cuáles conformarían mejor el retrato de su enorme capacidad poética? Lo cierto es que no me resultaba sencillo establecer unas directrices para hacer la selección, por lo que decidí que esta obececiera, casi estrictamente, a mis intuiciones pasionales: aquellos poemas que más permanecían conmigo después de leerlos, aquellos que quería volver a leer después de haberlos ya releído, aquellos que suponían para mí un vuelco en la conciencia eran los que debían formar parte de esta traducción. Así, en un cuadernito, empecé a anotar los poemas que quería traducir, a hacer listas, a tachar títulos…

También supe casi desde el principio que los diez textos que integran La vida soñada debían estar presentes: este es el único conjunto de poemas que Antonia Pozzi reunió en vida, como regalo para su amante Antonio Maria Cervi, quien había sido su profesor de latín y griego en el Liceo Manzoni. Estos poemas son el resumen más hermoso posible de su relación, del amor que se profesaban el uno al otro, de su deseo frustrado de ser padres. El final que los padres de Antonia forzaron para este romance marcaría la vida de la autora. 

Al enfrentarme a la traducción de los poemas, había un pulso que mantener, una gracia que no quería que se perdiera –sin gracia no es posible que exista la poesía–, una música que debía seguir sonando. Siempre se pierde algo de esto en una traducción, por supuesto, pero quería poner todo de mi parte para que fuera lo menos posible. Transcribí los originales y luego, con la página dividida en dos mitades, intentaba que hablaran en mi idioma. Además de los diccionarios al uso, fue valiosísima la ayuda de la enciclopedia digital Treccani para lograr la exactitud de algunos términos y para comprender cómo otros poetas los habían utilizado en sus obras. Todos los matices de las palabras y de las frases hechas están perfectamente representados en esta enciclopedia que no me canso de recomendar.

Una vez tuve suficientes poemas traducidos, seleccioné los cincuenta que consideré mejores y los dividí en tres secciones. La tercera era La vida soñada, el ya mencionado conjunto de diez poemas que la autora reunió para su amante; las otras dos se titularon La noche de mi nombre El tejado oscuro, y reúnen algunos de los poemas amorosos de Pozzi –la segunda– y de los poemas introspectivos, reflexivos, sobre la vida, la naturaleza, la amistad y la familia, entre otros temas –la primera–. Esta es, de hecho, mi sección favorita: la muerte y la tristeza palpitan en todos estos textos, pero son dulces, clarísimos; poemas de asombrosa potencia, como “Estaciones”, poemas  que muestran todo el rango de la mirada, todo el abanico de la observación que hace la autora del mundo, posándose sobre las cosas como una lucecita, elevándolas, traspasándolas de sentido.

Por supuesto esta traducción habría existido solo para mí misma si Elena Medel no hubiera aceptado publicarla en La Bella Varsovia, así que la edición propiamente dicha es una parte importante de Inicio de la muerte. Y la imagen de cubierta, un bodegón de Elisabeth Blumen fotografiado por Carlos Rejas, es casi un espejo de la atmósfera que se respira en la poesía de Antonia Pozzi.

Haber trabajado en esta traducción es una de las (pocas) cosas de las que estoy orgullosa y el proceso estuvo en sí mismo impregnado de una rara belleza: ordenados cronológicamente en su obra completa, los poemas me brindaron el retrato de la autora más fiel que se pueda tener, el más íntimo y secreto. Sus versos se colaban en mis sueños; recitaba mentalmente, porque empezaron a acompañarme –y no han dejado de hacerlo– algunos de sus poemas. Su manera de hablar sobre las estrellas, sobre los árboles y las flores, sobre los senderos ha transformado mi forma de mirar las estrellas, los árboles, las flores, los senderos. 

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María Martínez Bautista nació en Madrid en 1990. Es licenciada en Historia del Arte por la Universidad Complutense. Ha publicado los poemarios Primera noche en las ciudades nuevas (Colección Monosabio, Ayuntamiento de Málaga, 2012; próxima reedición en La Bella Varsovia) y Galgos (La Bella Varsovia, 2018), que obtuvo el II Premio “Javier Morote”, con el que el proyecto Los libreros recomiendan (CEGAL) distingue al mejor libro publicado durante el año anterior por un autor o autora joven. Ha traducido al castellano la poesía de Gaia Ginevra Giorgi (Maniobras secretas; La Bella Varsovia, 2018) y de Antonia Pozzi (Inicio de la muerte; La Bella Varsovia, 2019). Sus poemas han aparecido en revistas y antologías como Tenían veinte años y estaban locos (edición de Luna Miguel; La Bella Varsovia, 2011). Actualmente trabaja como editora.