Andrea Abreu: escribir entre drive, ordenadores públicos y bibliotecas

Me considero una persona más bien poco tecnológica. En Panza de burro uso una imagen que podría definirme: un gato que observa a abuela freír los coditos de pollo y no entiende lo que está pasando pero le gusta lo que ve. Yo, en lo que respecta a internet y las tecnologías en general, me he sentido toda la vida como la que ve a otras personas traquinar, mover el ratón por la pantallita, sin entender muy bien qué pasa, hipnotizada por las luces, extasiada de ignorancia y deseo. Creo que muchas veces simplemente soy una cómoda y me da vagancia aprender. Cuento todo esto no porque me encante hablar de mí (que también —es un defecto que tiene mucha gente de mi generación—) sino porque de ese desapego con lo tecnológico nace la razón por la que escribí Panza de burro de una manera un poco inusual. 

Desde hace años no tengo Word en mi ordenador, por la misma razón que acabo de referir al principio. No sé si saben esa tendencia que tenemos las personas de convivir con cosas rotas, o que funcionan mal, y no tomar la decisión de repararlas nunca, de buscar alguna solución. En el edificio en el que vivía en Madrid, la luz de la escalera estuvo funcionando mal durante casi los tres años que viví allí. Cuando subía los escalones pasaba miedo, pasaba un miedo terrible porque la bombilla empezaba a temblar como si se estuviera fundiendo, pero nunca terminaba de morirse. Volver a mi casa era la repetición infinita de una escena de película de terror en la que, justo cuando va a aparecer el asesino/monstruo, las luces empiezan a estropearse. Todos los días pensaba: Muchacho, alguien tiene que arreglar la luz esta, por qué nadie arregla la luz, la  luz esta está como la mierda. Pero supongo que todas las personas en el edificio pensábamos lo mismo todos los días y nadie hacía nada. Lo mismo ocurre con mi Word. Un día, por no sé qué motivo, no lo pude usar más. Creo que porque la licencia expiró. No sé. No entendí nada, pero tampoco pregunté a nadie. Acepté mi nuevo destino. El Word desapareció de mi vida y, años después, me vi forzada a escribir Panza de burro en Drive. 

Drive es mi herramienta preferida desde entonces. Con Drive me siento como una especie de diosa. Tengo el don de la ubicuidad. Para quien no sepa qué es Drive aquí una breve descripción: editor de contenido en línea de Google. Ya hace unos días recibí un aviso en lo alto de la pantallita que me avisaba de que el 80% de mi espacio en Drive está utilizado, que si quiero comprar más. Esto deja entrever que no solo soy negada para la tecnología, sino, también, una persona bastante acumulativa, nada minimalista. Me encanta guardar tarjetas de peluquerías, bares y librerías y poemas de cuando tenía diecinueve años de los que ahora me afrento toda. Como todo lo que escribo desde hace años lo hago en Drive, también Panza de burro se gestó así. Tampoco hubo un motivo especial. Lo bueno (o lo malo) de haberlo escrito en Drive es que mi editora, Sabina Urraca, vivía mi proceso de escritura en directo, pues en Drive compartes los documentos con otros usuarios. Yo metí a Sabina un día cualquiera para que leyese un capítulo y me dijese qué pensaba. Luego, me dio vergüenza sacarla y la dejé dentro hasta el final. Echarla de Drive era como echarla de mi casa antes de invitarla a un fisquito de café. 

Al principio me parecía raro poner cosas con ella allí dentro. A Sabina también le parecía raro y, siempre que entraba y me veía escribiendo, se salía del documento. Una vez me dijo que le daba pudor estar presente cuando las letritas se iban colocando sobre la pantalla. A mí, en el fondo me hacía feliz que ella estuviese leyendo otras partes mientras yo escribía algo nuevo. Era como cuando mi madre me agarraba la mano cuando hacía la tarea del colegio.

Escribir, lo que se dice escribir, una lo hace como puede. Y donde puede. Yo, como tengo un ordenador muy malo (no solo soy analógica, también tengo escasos recursos), no podía escribir en cafeterías acogedoras con olor a chai y tarta de queso. Tenía que ir a sitios donde hubiese ordenadores que podía utilizar. Drive me permitía abrir el documento de Panza en cualquier sitio. Y aquí es donde entran las bibliotecas o, más bien, la biblioteca. La mayor parte de Panza de burro la escribí en la biblioteca municipal de Francos Rodríguez, Manuel Vázquez Moltanbán. Cuando una usa un ordenador de la biblioteca corre el peligro de no poder usarlo. Dependiendo de la hora de la mañana, estaban todos ocupados. Entonces, me tenía que poner en una esquinita a leer algo que me gustara y me diera ritmito para cuando llegase la hora de escribir. A veces no conseguía ordenador y me quedaba en los sillones de la sección de cine escribiendo, escribiendo en la libreta de Mister Wonderful que me regalaron y forré con papel de flores para que nadie pensase que comulgaba con las ideas de la marca. 

Normalmente iba a la biblioteca a las nueve de la mañana y me sentaba en el ordenador número dos. Me gustaba ese ordenador porque me parecía el más acogedor, el más azocadito. No estaba al lado del pasillo y tampoco muy cerca de las estanterías. Había gente a los lados que me hacía sentir resguardada. En los ordenadores de las bibliotecas hay unos relojitos en la parte inferior derecha de la pantalla que te indica el tiempo del que dispones. Esos sesenta minutos eran mi cronómetro para escribir. Una especie de método pomodoro que me permitía romper el silencio de la página escribiendo cualquier tontería que me pasase por la cabeza. A mi alrededor solía haber gente tranquila que me permitía escribir la novela. Viejitas buscando recetas y apuntándolas en tickets de la compra. Hombres cuarentones haciendo el currículum vitae. Muy de vez en cuando, mi concentración se veía alterada por la presencia de un chico enfadado que quería coger mi sitio aunque yo estuviese usando el ordenador, o por algún señor entrado en años que estaba viendo una película romántica y se acariciaba lentamente el filito del pene a través del bolsillo del pantalón de pana. 

Lo que no les he contado todavía es que, cuando Sabina me propuso llevar adelante la novela, porque Barrett le había pedido ser editora por un libro, me dio un plazo: septiembre de 2019. De ahí que los relojitos de la biblio se convirtiesen en mis aliados. 

Como dije antes, escribir, lo que es escribir, una lo hace como puede. Y más si es la primera vez que lo haces. Panza de burro es la novela en la que aprendí a escribir una novela. Aún hoy no estoy segura de si sé hacerlo. A lo mejor con la segunda me doy cuenta de que no es lo mío. Pero ahí está. En el mundo. Apoyada sobre la foto familiar de las vacaciones en Peñíscola.2002 de la estantería de la casa de alguien. No sé cómo habrán aprendido otras personas a escribir una novela. Supongo que habrá sido algo parecido. Las preguntas me iban naciendo a medida que los problemas se iban presentando: ¿cómo resuelvo este capítulo para que no quede forzado? ¿adónde van las niñas? ¿qué les pasa? ¿qué se dicen? ¿de qué color es el caballo blanco? A veces me levantaba toda arrebatada de la cama a las cinco de la mañana y empezaba a escribir posits y a pegarlos en las paredes, como la protagonista de I May Destroy You. Al día siguiente estaba reventada de cansancio y, de nuevo, tenía que escribir, escribir rápido-rápido, porque por la tarde me tocaba vender bragas.

Lo que más me ayudó con todas esas preguntas —para las que me iba inventando una respuesta sobre la marcha—fueron los esquemas. Hice muchos esquemas para Panza de burro: de la distribución del barrio, de los capítulos, de la estructura externa e interna. Esos mapas mentales eran mi guía de senderos y rutas de Tenerife, si yo fuera una guiri jedionda. Lo que descubrí escribiendo esta novela es que tienes que ir agarrándote de pequeñas “mentiras” para seguir una veredita y llegar a un destino. Durante el trayecto se van planteando nuevas preguntas, que generan, a su vez, nuevas bifurcaciones. Ahora que lo estoy escribiendo, me parece complicado y absurdo, pero así es: escribir es siempre aprender a escribir.

Andrea Abreu (Tenerife, 1995) es periodista y escritora. Ha publicado el poemario ‘Mujer sin párpados’ (Versátiles Editorial, 2017), el fanzine ‘Primavera que sangra’ (2017/2020, Demipage) y de la novela ‘Panza de burro’ (Barrett, 2020), editada por Sabina Urraca. 

Manuel Correa: la memoria también en las tangentes

A principios de 2018 escuché por primera vez que el gobierno español se estaba proponiendo exhumar la momia de Francisco Franco, aunque en este momento yo ni sabía bien que era el Valle de los Caídos, esta exhumación me llamó mucho la atención (me recordó -erróneamente- a la exhumación de Simón Bolívar y los Héroes de la Independencia Mexicana que sucedieron hace una década) y me dediqué a investigar el tema con seriedad. Pronto entendí que la exhumación del dictador era un “pañito de agua tibia”, que no lograba resolver el problema más grave del Valle de los Caídos: el antiguo mausoleo del dictador es posiblemente la fosa común más grande del mundo, y contiene restos de muchísimas víctimas asesinadas por el bando nacional. Cuatrocientas noventa y un fosas comunes de toda la geografía española fueron trasladadas al Valle de los Caídos, muchas sin consentimiento ni conocimiento de los familiares. Como Colombiano, este tema me resultó desafortunadamente familiar: hace años trabajé el tema de la desaparición forzada en Colombia para el documental La Forma del Presente  y me puse a la tarea de conocer a las víctimas que buscan la exhumación de sus familiares del Valle de los Caídos. 

 

Todo el documental surgió de manera muy natural y orgánica, casi que por casualidad: El 14 de diciembre fui a Madrid con mi amigo y productor Emil Olsen y conocimos a Silvia Navarro-Pablo, presidenta de la Asociación de Familiares pro-exhumación de Republicanos del Valle de los Caídos (AFPERV), quien sugirió que también hablaremos con otros miembros de su asociación: Iñigo Jaca en Guipúzcoa y con Mercedes Abril en Valladolid. Iñigo Jaca nos invitó luego a un acto de reconocimiento en el parlamento de Navarra, que aparece en Cuatrocientas Tumbas Inquietas. A todos lados llevaba un cuaderno y mi teléfono celular, en ambos anotaba pequeñas notas, preguntas e inquietudes que iba resolviendo y trabajando. Cuando me surgen preguntas, suelo hacerlas…Hasta el día de hoy pienso que la herramienta de investigación más importante que tengo son mis conversaciones por WhatsApp con Silvia Navarro-Pablo.

En las bitácoras junto al material de trabajo, dibujos del encuadre o diagramas conceptuales suelo escribir recetas, o cosas que leo o escucho, son relativamente desordenados, pero para mi es importante que tomen de esta forma: son documentos de experiencia que puedo revisitar más adelante.  No me gusta hacer películas o trabajos muy estructurados, con un arco narrativo rígido, prefiero la naturalidad de la divagación y las tangentes. 

Emil Olsen y yo regresamos a España muchas veces a realizar la investigación para un documental más extenso en cual estamos trabajando aún, y en estos viajes compartimos muchas vivencias con los miembros de AFPERV y filmamos algunas de sus historias. Teníamos pensado firmar el documental entre Marzo y Julio de 2020, pero la coyuntura del Covid19 hizo que esto no fuese posible, por razones logísticas terminé pasando el confinamiento en Colombia y Emil en Noruega. 

 

Luego de estar algunos meses trabajando en otros proyectos, recibí un correo de Marina Otero Verzier, directora de investigación del Het Nieuwe Instituut en Rotterdam. En el correo Marina me preguntaba si tendría suficiente material para hacer un cortometraje documental acerca del tema yo le respondí que sí, e inmediatamente le pregunté a Silvia Navarro-Pablo si esto le parecía pertinente. Una vez Silvia aprobó, me puse manos a la obra, buscando hacer una pieza que pudiese ser útil para AFPERV. Fueron casi dos meses de trabajo con pocas pausas, y no lograba decidir al principio si esta pieza debería llevar narración o no, o si debería llevar más textos en pantalla, o si sería bueno incluir más o menos testimonios. Al final opté por tener una narración y que el texto fuese basado en análisis explicativo y material teórico sobre la desaparición forzada.

Durante el proceso de edición, le envié dos o tres versiones a Silvia Navarro-Pablo, y ella me enviaba sus consideraciones o correcciones, fue siempre un proceso de escribir, corregir, borrar, quitar, poner. De este diálogo constante fue surgiendo Cuatrocientas Tumbas Inquietas

 

 

 

Manuel Correa nació en Medellín, Colombia en 1991. Correa tiene un MA en Arquitectura de la Investigación de Goldsmiths, Universidad de Londres. Trabajó como parte del equipo de Forensic Architecture en Londres. Es director de tres largometrajes documentales: #Artoffline (2015), La Forma del Presente (2018) y El Antropólogo, la Bruja y el Cráneo en el Pozo (2021). El trabajo de Correa como artista y documentalista le ha llevado a presentar sus obras en lugares como el Rotterdam International Film Festival, el Museo Tamayo en México, Presentation House Gallery en Canadá, La Universidad de Copenhagen, El Museo de Arte Moderno de Medellín, La 8va Bienal de Escultura Noruega, e-flux Architecture, Het Nieuwe Instituut en Holanda y el festival de cine documental de DOK Leipzig, entre otros. La obra de Correa se centra en la desaparición forzada y la reconstrucción de la memoria en las sociedades en post-conflicto.