Claudia Apablaza: decidir el título de una novela en tiempos de twitter

La novela Diario de quedar embarazada sufrió varios procesos internos de los que podría hablar y detenerme, pero me demoraría mucho en detallar cada uno de esos procesos. Fue una escritura de largos periodos guardada en mi computador y de poca escritura como tal, de mucho pensar en su escritura y de pocas horas frente al computador realmente escribiendo.

La escritura de base fue tan solo de tres meses. Dos meses el primer momento: del 1 de septiembre de 2012 al 12 de octubre de 2012; y un mes la segunda etapa de escritura: del 1 de septiembre de 2016 al 30 de septiembre de 2016. Entre esos tres años, abría el archivo, lo releía, reescribía, borraba, volvía a poner las mismas palabras que había borrado hace años, volvía a sacar lo que también saqué hace años.

Pero uno de los procesos que viví con más intensidad fue el de titular el libro. Pasé por unos diez posibles títulos antes de ser publicada, desde títulos que no significaban mucho hasta Diario de quedar embarazada, que se relaciona con el título de mi primera novela: Diario de las especies. Ambos son diarios, ambos terminan en un parto.

El proceso de elección de título es muy complejo. A veces aparece antes de escribirse el libro, a veces aparece al final. Creo que una vez leí un texto de Fresán donde reflexiona acerca de cómo titular y el odio absoluto a los artistas que ponen Sin título a sus obras, y más odio aún a los artistas que ponen Sin título 1, Sin título 2, Sin título 3 y etc. También leí acerca de cómo Simone de Beauvoir llegó al título El segundo sexo, que más bien fue una tesis de grado de gran autora francesa.

El primer título de mi novela era horrible: Wollef. Suena muy mal, pero era un título de trabajo. ¿Qué significa Wollef?

Estaba en una residencia de escritores y Wollef leído al revés es Fellow, es decir becados, éramos todos fellows allí, éramos todos becados. La primera vez que dije que se llamaría así fue el 29 de septiembre de 2012, en Twitter, creo que lo había decidido hace unas horas:

La primera vez que le dije a alguien que se llamaría así, fue el 6 de octubre de 2012, le envié un email a Harry, uno de mis compañeros de residencia, ante lo cual él enumeró en un email todos los títulos de mis anteriores libros:

Me quedé con ese título horrible algunos meses.

El año 2013 comencé a leer el libro Perder teorías de Enrique Vila-Matas. Wollef ya no me gustaba nada, me parecía un título horrible para lo que podría ser una novela. Nadie iba a querer publicarla con ese título, nadie iba a querer leerla. No me explicaba cómo había llegado a esa palabra tan horrible, tan terriblemente fea. Por la necesidad de cambiarla de forma inmediata, le puse un título que hacía honor a uno de mis escritores favoritos de ese entonces y la novela pasó a llamarse Yo también quiero perder teorías, título que además publiqué en Twitter, lugar donde publico bastante de los procesos de trabajo de mis textos:

La única que aplaudió mi decisión de ese momento fue la escritora Alejandra Costamagna. Respondió mi tuit alentándome a cambiar ese título horrible:

Pasó más de un año y la novela quedó guardada, creo que sin título y sin mayores revisiones. Recién el año 2015 decidí volver a abrir el archivo y comenzar a trabajar en el texto. Me había ganado la beca de Creación Literaria para terminar de revisarla y tenía plazo de entrega al CNCA.

Eliminé con un simple botón del computador los dos títulos anteriores. Ya había aparecido en mi cabeza un tercer título, mucho más literal, que hablaba de la trama del libro, que evidenciaba todo lo que sucedía en ese texto. También lo anuncié en Twitter, como forma de dejar constancia y no arrepentirme más adelante, de autoconvencerme:

Con ese título de mantuvo un año y medio aproximadamente, hasta que la novela cambió y decidí sacarle eso de “De alguien que no conozco”. Yo estaba embarazada realmente y estaba escribiendo la segunda parte de mi novela. Ya no se trataba sólo de un embarazo de alguien que no conocía, sino que se trataba de un embarazo de alguien que sí conocía y el texto había sufrido un giro importante. Comenzó a llamarse Diario de quedar embarazada, y con ese título se lo presenté a mi editora, Marcela Escobar, para ser publicado

El año 2017, hace algunos meses, y ad portas de ser publicada, volvimos sobre el tema del título con Marcela. Ella no estaba tan convencida, yo tampoco. Hablé con algunas amigas, le pregunté a Gabriela Wiener cuando vino a Chile, en una conversación que tuvimos al despedirnos en la puerta de mi casa. Me dijo que eligiera algo más arriesgado, el mejor para ella era ¿Quieres tener un hijo conmigo?  

Pasados unos días, le envié posibles títulos a Marcela, entre ellos el que me dijo Gabriela, una lista de la que podíamos elegir alguno, otras eran frases que aparecían al interior del libro:

Creo que a mi editora no le gustó ninguno y en realidad a mí tampoco. Seguimos buscando, y yo ya comenzaba a desesperarme porque el libro estaba a punto de salir publicado.

A los días le propuse dos títulos más, de los que se quedó con el segundo:

Esa misma noche fui a la presentación de un libro en un bar y en ese bar estaba el escritor Luis López Aliaga y le comenté del lío que tenía con los títulos. Le comenté de eso de Dibujo dos líneas mientras leo, y me dijo que iban a pensar que era un libro acerca de las drogas, por lo de las dos líneas. Además que no tenía nada que ver conmigo. Aparte de reírme mucho, le mandé un WhatsApp esa misma noche a Marcela, y además la llamé aterrada a la mañana siguiente. En base a la conversación que tuvimos, me envió un último email, diciéndome que el mejor título era con el que habíamos comenzado:

Nos quedamos al final con ese título, y para cerrar todo, lo anuncié, como siempre lo hago, el título definitivo en Twitter y así cerraba el ciclo de titulación de esta novela, y me terminaba de convencer de esa elección:

 

Claudia Apablaza nació en octubre de 1978 en Chile. Estudió Psicología y Literatura en Chile y Barcelona. Recibió el premio de la revista Paula (2005) con su cuento “Mi nombre en el Google” y el premio Alba de narrativa para escritores de Latinoamérica y El Caribe, menores de 40 años, con su novela GOO y el amor. En 2012 fue becaria del The Liguria Study Center, en Italia, y el 2014 en Banff Centre, Canadá. Ha publicado los libros Todos piensan que soy un faquir (2013); GOO y el amor (2012), Siempre te creíste la Virginia Woolf (2011); EME/A (2010); Diario de las especies (2008); Autoformato (2006). Actualmente es coordinadora editorial de Los libros de la Mujer Rota.

Agustín Fernández Mallo: quince días de diciembre (Antibiótico)

Quince días de diciembre (Antibiótico)

En el mes de noviembre de 2005 había estado tomando unas notas, a mano, en una libreta, de algo que, supuse, se convertiría en un poema o en algo parecido a un texto teórico. Ni tenía ni tengo costumbre de apuntar cosas en libretas –me resultan incómodas, y además imponen un orden temporal y lineal a los textos, que en absoluto me beneficia-, prefiero los papeles sueltos, sin importar su procedencia, incluso el reverso de facturas de la luz o billetes de tren y de avión; tienen la ventaja de fechar de un modo natural y realmente orgánico –embebido en la complejidad de tu día a día doméstico- las notas que vas tomando tomando, de modo que son el verdadero diario de escritura.

El caso: las notas tomadas en aquella libreta no se me iban de la cabeza, volvían constantemente, detectaba en ellas algo de largo aliento, un paisaje muy amplio y por explorar. No obstante se quedaron ahí, digamos que en un limbo.

Paralelamente, para el mes de diciembre había programado un viaje, solo, a una casa familiar en un pueblo de León en el que en aquel momento sólo quedaba un habitante. Debería llevar abundante comida y ropa de abrigo, el teléfono móvil no serviría –no hay cobertura-, tampoco hay teléfono fijo, y debería calentarme con la estufa de leña pues tampoco hay calefacción. Como se puede imaginar, mi intención no era otra que, por espacio de un mes, “ver qué pasaba” con una persona de hábitos eminentemente urbanos insertada en tales condiciones, que si bien no podían calificarse de extremas, sí de sumamente incómodas y, sobre todo, descontextualizadas de mi medio ambiente. Aclaro que no estaba en mi cabeza Thoreau –al cual no soy especialmente afecto-, ni ninguna otra pretensión de comunión del humano/naturaleza, sino otra cosa bien distinta: hacer un experimento conmigo mismo, un  especie de “auto ready made”.

Una vez instalado, y ya escribiendo en el ordenador, retomé aquellas notas de la libreta. Tras teclearlas en “modo poema”, nada nuevo aparecía. Me desanimé un poco, la verdad, así que me dediqué a cortar leña para la estufa, revolver en la casa cajones que activaran algún recuerdo de los veranos de mi infancia, y también a dar paseos por la montaña y el río, o subir hasta donde ya había nieve –la magnética observación de pisadas de jabalí junto a casquillos de bala-. Y nunca me crucé ni vi al otro habitante del pueblo, ni tan siquiera la luz de sus ventanas, aunque me consta que allí estaba. Tomé notas a mano y en ordenador, hice dibujos. Nada. Al tercer o cuarto día cayó una nevada muy fuerte, estuvo nevando esa noche, y al día siguiente y al siguiente. Sin cadenas para el coche, aunque hubiera querido irme, no hubiera podido; supongo que puede decirse que me había quedado aislado.

Aparecieron entonces cosas nuevas para mí, cosas que hasta entonces nunca había experimentado: cuando, sabiéndote casi el único habitante de un lugar, te metes en la cama y oyes a lo lejos las ramas de los chopos del río movidas por el viento, y te imaginas el pueblo a vista de pájaro, y le quitas a todas las casas sus tejados, y ves todas las camas perfectamente hechas y sólo en una un bulto, un muñeco, que eres tú, en ese momento se te aparece una extraña y nueva acepción de la palabra soledad. Por otra parte, podrías entrar en todas las casas, saquearlas sin que nadie reparara en ello, las tienes a tu entera disposición, y no lo haces. Esto es algo que tiene que ver con una mezcla de intercambio económico, potlatch y ética, que me sigue pareciendo un misterio.

Un día, en el corral de la casa, por no subir las escaleras orino sobre la nieve. Fuego y hielo en un mismo relámpago conforman en instantes un agujero francamente precioso. Subo a la casa, cojo el primer papel que encuentro, de un taco de publicidad de mi trabajo que había llevado, y escribo,

la esperanza cóncava que se forma

al mear sobre nieve

Abro el ordenador, lo inserto como primer verso de aquellas notas que había llevado, y como si ese arranque fuera la chispa que faltaba, comienzo a escribir sin apenas pausas. A los 15 día tenía lo que luego sería un poema-río, de unas 100 páginas, al que llamé Antibiótico.

PD1: al otro habitante del pueblo jamás lo vi, pero sí cada mañana sus pisadas en la nieve. ¿Qué significa que dos humanos incomunicados en un determinado entorno no hagan ni el más mínimo gesto de acercamiento? No lo sé. Esto también me parece un misterio.

PD2: Antibiótico fue publicado en 2012 por Visor Poesía, y en 2015 por Seix Barral en el volumen Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998-2012)

 

Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) es licenciado en Ciencias Físicas. Entre 2006 y 2009 publica el Proyecto Nocilla (Alfaguara), que consta de las novelas Nocilla Dream, Nocilla Experience y Nocilla Lab, galardonadas con diferentes premios y traducidas a varios idiomas. Es autor del libro de relatos, El hacedor (de Borges), Remake (Alfaguara, 2011). Su última novela es Limbo (Alfaguara, 2014).

En el año 2000 acuñó el término Poesía Postpoética, reflejada en los poemarios Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001, reedición 2012), Creta lateral travelling (2004, premio Café Món), Joan Fontaine odisea (2005), Carne de píxel (2008, premio Ciudad de Burgos de Poesía), y Antibiótico (2012). Su último libro de poesía es Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998-2012), editado por Seix Barral en 2015.

Con Postpoesía, hacia un nuevo paradigma, fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2009. Su blog es “El Hombre Que Salió de La Tarta”. Junto con Eloy Fernández Porta tiene el dúo de spoken word, Afterpop Fernández y Fernández.