Rosa Berbel: construir una casa, cerrar un poema

Casi nunca escribo a mano. Admiro a quien lo hace, desde mi doble faceta de fetichista y de envidiosa, aunque al final la envidia sea también una forma especial de fetichismo. Cada cierto tiempo voy a comprar libretas, mejor cuanto más raras, y a veces me da incluso por anotar en ellas ideas sueltas, versos sin recorrido y esquemas de proyectos que nunca se concretan. Luego acabo perdiéndolas, así que solo sirven las notas que recuerdo, que son, a todas luces, las más tontas.

Aunque intento otorgarle a mis cuadernos un sistema eficiente de almacenamiento, siempre acabo llevándome su orden a la misma pantalla, quedando abandonada (yo y el texto) a esa escena fría y obsesiva del ordenador. Si admiro, y en cualquier caso, envidio a los que escriben novelas en cuadernos a2 o a mi yo del pasado, que no se separaba del bolígrafo, es porque les presupongo una pureza extraña, una pureza feliz. Los portátiles tienen tendencias destructivas, borran más que construyen, e imagino que no poder escribir a mano, o al menos no poder escribir a mano de forma orgánica, con nexos y estructuras, es una consecuencia de mis distintos lastres narrativos.

Carezco de rutinas de creación y la génesis de Las niñas siempre dicen la verdad se dilató en el tiempo varios años, aunque en la última fase de escritura me dedicaba al libro en mañanas y tardes, durante unos dos meses. Al margen de este ritmo, suelo sentarme a ello al final de la tarde y por la noche, justo antes de dormir, un momento en que creo que el cansancio y la calma favorecen el gesto de pensar si no lento, al menos sí con retardo, es decir, radicalmente. Pero puedo escribir a cualquier hora, con frustración variable, gradual.

 

Los 27 poemas del libro están diseminados por carpetas sin nombre, archivos de descarte y words más o menos definitivos. Al mismo tiempo, usé mis notas del móvil y los cuadernos vacíos para apuntar ideas o versiones sin futuro. Mi trabajo encajaba en ese concepto pérfido de “lo transversal”, porque recorría en paralelo (y de forma inconexa) todos los espacios de creatividad de mi vida. Parece caótico. Ocupa y, ciertamente, ensucia mucho espacio mental y material, pero en el fondo esconde una voluntad de limpieza: no soporto escribir donde ya he escrito antes, cuando lo anterior aún no tiene el estatus de cerrado. Me hace sufrir tener poemas a medias, así que abría otro archivo que tampoco cerraba, y abría otro archivo más para avanzar tachando lo anterior, y así sucesivamente hasta el final de los días o de los libros, lo que llegara antes. A su vez, formaba índices provisionales y listas infinitas de poemas-que-sí y poemas-que-no y poemas-que-dependían-de-la-tarde, porque la poesía tiene, en mi cabeza al menos, un afán clasificatorio.

Siempre escribo en casa. El poemario fue escrito y concebido entre mi casa-casa (la casa de mis padres en Estepa, con énfasis) y la casa en Granada donde paso la mayor parte del año. Las correcciones las hice en cualquier parte, en autobuses, en la universidad o incluso andando por la calle, porque tengo la tara de aprender sin quererlo mis poemas de memoria. Corrijo todo el tiempo, no solo como trámite final, y corrijo con vehemencia, con mucha más de la que escribo. Me gusta vincular poemas concretos con espacios cerrados, tan cargados de afectos y de historias: la escritura no puede construir casas, pero sí que construye la posibilidad de otras casas, proyecta techos y paredes y suelos. La escritura es un plan arquitectónico. 

Casi nadie señala el lugar donde ha escrito cada uno de sus poemas, y durante un tiempo tuve (culpa mía) esa impresión perversa de que la poesía es patrimonio de lo abstracto: que no surge en un sitio o estancia material, porque trasciende –y desborda– lo profano. Pero los poemas ocurren en unas circunstancias muy precisas, que se dan dentro y fuera de los edificios, pero que acaban por bordear la casa. Tengo un escritorio, que cada curso es otro dependiendo del piso de alquiler donde viva, pero que siempre pueblo con libros y libretas y cargadores varios. Ahora tengo uno grande, que uso mucho. El poema “Sisterhood”, igual que otros, fue escrito en Granada, en un cuarto minúsculo que tuve hace dos años; a veces me planteo si esa tensión creativa entre la claustrofobia más política y la necesidad de hallar puntos de fuga, no tendría que ver con ese cuarto chico pero luminoso, y con todas las cosas que hice dentro. También con tantas cosas que no hice. 

Rosa Berbel (Estepa, Sevilla, 1997) es graduada en Literaturas Comparadas por la Universidad de Granada, ciudad en la que reside desde hace cuatro años. En la actualidad es estudiante del Máster en Estudios Literarios y Teatrales por la UGR. Su primer libro, Las niñas siempre dicen la verdad (Hiperión, 2018) fue galardonado con el XXI Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal y posteriormente merecedor del Premio Andalucía de la Crítica a la mejor Ópera Prima. Fue ganadora de la IV Edición del Certamen Ucopoética, convocado por la Universidad de Córdoba. Ha aparecido en diversas antologías como La pirotecnia peligrosa. 11 poetas sevillanos para el siglo XXI (Ediciones en Huida, 2015), Supernova (Bandaàparte Ediciones, 2016) o Algo se ha movido (Esdrújula Ediciones, 2018).

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